• Alejandro Toro

Una cerveza con el maestro Santiago Posteguillo

Yo esperaba que el maestro Santiago Posteguillo me contestara un simple correo, pero terminó invitándome a una cerveza en Madrid.


Por: Alejandro Toro

La vida del maestro Posteguillo es una especie campaña de emperador: viajes constantes, estudios y planes, estrategias de mercadeo, agotadoras jornadas de conferencias, coloquios, entrevistas; imagino los cientos de libros, pergaminos y mapas que se acumulan en su estudio antes y durante la escritura de un libro para poder conquistar y reconquistar millones de lectores. Su imperio lo ha construido enfrentando solo con su pluma al terror de todo escritor, esa basta zona casi impenetrable de una hoja en blanco, pero que ha logrado convertir en verdaderas obras majestuosas, trilogías donde caben el coliseo romano, la muralla china, las arenas cartaginenses o los bosques dacios. Cuando me encontré con él, venía de una firma de 300 libros y se dirigía a tomar un largo viaje en tren, así que me sentí frente un hombre increíblemente imponente que me dijo con una sencillez casi desconcertante, “ven te invito a una cerveza”.


Yo iba con una misión clara, y era invitarlo a un congreso internacional que tendríamos en Colombia, en el que ya estaban confirmados expositores de ocho países, entre los que se encontraban el cantautor Piero y la genial Diana Uribe. Ya me soñaba ese triunvirato de la historia narrada en letras, palabras y canciones en un mismo escenario.

Finalmente, y después de hacer casi lo imposible el maestro Posteguillo no pudo acompañarnos en ese congreso histórico que realizamos en el marco de los 10 años de la Fundación Avanza Colombia en abril, un mes antes en la mañana recibí un mensaje personal y afectuoso declinando la invitación debido, a la que fuera para mí como su lector la más espectacular de las excusas, que estaba terminando con fechas muy ajustadas su último libro.


Debido a la informalidad del encuentro, mucho más especial de lo soñado, no tomé notas, ni grabé absolutamente nada; quedó una foto y un video saludando a la Fundación y a nuestro país, así que he tenido que ir rescatando paulatinamente de las esquinas de mi memoria los retazos de sus palabras, sus narraciones, análisis y reflexiones que plasmaré como ideas sueltas en este escrito.

Ad portas de la publicación de “Yo, Julia”, uniendo los puntos de aquella conversión, logro dibujar un poco el secreto que en foros se discutía ¿quién sería el nuevo personaje de la novela de Posteguillo? Nunca pensé que fuera Julia, quien por cierto no lograba siquiera referenciar en mis conocimientos, pero si recuerdo que me habló con mucha insistencia de las mujeres olvidadas de la historia y como en su último libro “El séptimo círculo del infierno” trataba de rescatar algunas joyas femeninas de la literatura, y es que debemos recordar que por encima de cualquier amor del maestro, está su hija y quienes somos padres de mujeres, vemos el mundo con otros ojos y quisiéramos allanar un poco la cancha. Yo acababa de llegar de Rusia hacía un par de semanas y me había impactado San Petersburgo y el documental “El imperio de los zares”, realizado por la BBC, así que le hablé de lo apasionante que sería leer una novela suya sobre Catalina la grande, pero como decía mi profesor de latín alea jacta est, la suerte estaba echada y “Yo, Julia” miraba entre las rendijas del tiempo sin saber que los más altos honores la esperaban.


Uno de los momentos más alucinantes del encuentro fue cuando el doctor en letras me habló sobre un español al que la historia le debe mejores libros y que esperaría algún día poder saldar en parte esa deuda, Blas de Leso, o como diría un especial de la televisión española: medio hombre contra un imperio.

Me parecería una aventura casi irrespetuosa tratar de describir todo lo que el maestro me narró sobre el asedio de Blas de Lezo a Mostaganem, existía tal pasión en tan pocos minutos que fue vivir un cortometraje de palabras pintado sobre el aire, solo podría decirles que he buscado desde aquel día en muchas fuentes una descripción que se acerque a esa sensación que me generó la narración de escritor, pero de lejos, nada se parece al cuadro imborrable que dejó en mi mente, la estridencia de los cañones desde los dos fuertes enquistados en las rocas de la bahía despedazando los barcos del capitán español y éste impávido gritando a sus hombres la orden de continuar disparando sin descanso hasta que los piratas, que acostumbraban refugiarse siempre en esa bahía luego de atacar las costas españolas, les quedara claro que ya no existiría refugio alguno para los quienes osaran desafiar a España, y luego, con sus embarcaciones desvencijadas, pero no tanto como los barcos y fuertes de los piratas de Mostaganem, salió victorioso dejando atrás y despedazada la que antes fuera una guarida inexpugnable, tanto que ningún pirata de esa bahía se atrevió luego al pillaje en Iberia. Yo absorto ante sus narración solo atiné a contarle un poco del monumento en Cartagena y esperar que un día pueda completar la pasión que tanto le falta a la historia de Blas de Lezo, quien infringiera tal vez la más grande derrota en los mares a los ingleses en el caribe colombiano.


Es claro que un hombre como el maestro Posteguillo es un voraz lector, pero me sorprendió su capacidad de conectar la historia con el presente y dar un análisis del futuro, esto me sucedió cuando en medio un brindis me dijo cuanto le preocupaba la coyuntura que atravesábamos en el mundo pues históricamente las depresiones económicas habían traído consigo una radicalización de la políticas y surgían banderas, hombres y nacionalismos que llevaban a las más cruentas guerras y eso lenta o aceleradamente estaba ocurriendo en muchos lugares del globo, presagiándose un desenlace que muchos no quisieran, y aunque me contó de las coincidencias actuales de la depresión del 29 y la burbuja inmobiliaria con la Segunda Guerra Mundial y los enfrentamientos actuales, justo al siguiente día yo me dirigía a los campos de refugiados del Sahara Occidental en Argelia, específicamente en Tinduf, Norte de África, por eso llegamos a ese complejo tema al caso de Yemen que de alguna manera no es visibilizado en la totalidad de su realidad. Él se sorprendió cuando le conté que cientos de soldados colombianos luego de la reducción del Conflicto Armado en Colombia, al menos en términos de guerra política, habían decidido, como La legión Perdida, ser mercenarios, pues eran valorados por su experiencia y capacidad de soportar el clima y estos a su vez, ganaban 5 veces más que su salario como soldados profesionales en Colombia.


Terminó uno de los encuentros más impactantes de mi vida, pues de Neruda y Gabo solo pude conocer el espectro de su magia en sus casas, pero ahora, quien me había regalado decenas de noches interminables asediando murallas, alimentando fieras junto al bestiarius o llorando la traición de Roma al emperador que venció al mismo Aníbal y sus elefantes, me daba un abrazo de despedida soñando yo con su nuevo libro y él con ganarse quizás un premio, podría ser, no sé, tal vez El Planeta 2018.

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